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Hola, soy Leonor

Muchas veces me pregunté: ¿por qué me sigue entusiasmando conocer a nuevos estudiantes?

¿Cómo es posible que no me haya aburrido de mi trabajo después de tantos años?

¿Será porque los que aprenden, me ayudan a organizar las clases a partir de sus propios intereses?

«El cerebro es bueno para adquirir idiomas, no para aprender idiomas»

Stephen Krashen

Actualidad

Durante la pandemia, decidí sumergirme en el mundo de los políglotas, observando sus métodos y aplicándolos a mi propio aprendizaje de inglés y alemán. Los resultados fueron tan sorprendentes que me inspiraron a plasmar mi experiencia en el libro:

«¿Mentores o Profesores? Por qué dejé de enseñar español y me convertí en mentora».

Soy de las que creen que si aprendemos un idioma mientras enseñamos otro, podemos compartir nuestra experiencia y ponernos realmente en la piel del estudiante.

En este momento estoy aprendiendo ruso y mis propios prejuicios en el aprendizaje de idiomas me inspiraron para escribir mi segundo libro digital con valiosos enlaces:

“¿Se puede aprender un idioma después de los sesenta?”

El mundo de los políglotas revolucionó mi manera de pensar acerca de la enseñanza y el aprendizaje de idiomas.

Biografía

Nací en Argentina, cerca de Buenos Aires, en 1956.

No sé muy bien por qué estudié Biología (tal vez intentaba halagar a mi padre, que era médico) y trabajé unos cinco años enseñando en escuelas secundarias. Esa actividad estuvo intercalada con el nacimiento de mis tres hijos.

En 1989 comencé a enseñar español en Suiza porque me había trasladado allá con mi familia. Realicé varios cursos de capacitación, la mayoría en alemán.

Tenía práctica, pero no la teoría, y por eso, al volver a Buenos Aires, hice un curso para profesores en la UBA y obtuve el Diploma en enseñanza del español como lengua segunda y extranjera.

Trabajé en la creación de “Diversión ELE”, juegos didácticos para aprender español, junto a Hernán Guastalegnane y Beatriz Laurnagaray.
Durante aproximadamente ocho años, desarrollé un curso de “español para tangueros” dirigido a los extranjeros que venían a Buenos Aires por el tango, conectando mi trabajo con mi pasión por el baile.

Nunca dejé de capacitarme, no solo en institutos, universidades públicas y privadas, sino también, y especialmente, con mis estudiantes, a quienes aproveché como verdaderos “conejillos de Indias” para probar técnicas innovadoras, siempre asociadas al juego y a los métodos comunicativos.

¿Por qué nunca me cansé de enseñar español después de tantos años?

Creo que fue porque, al soltar el control de la clase, permití que los verdaderos protagonistas me guiaran, y así pude ayudarlos a aprender por sí mismos.